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Disclaimer:

Los personajes y lugares extraídos de obras literarias, cinematográficas o televisivas pertenecen a sus respectivos creadores. No pretendemos obtener lucro o beneficio alguno a través de su utilización en nuestras historias y relatos.

Los personajes y lugares fruto de nuestra imaginación, en cambio, sí nos pertenecen.

23 de junio de 2009

I fought in a war

Vuelvo al mundo literario con un breve fragmento inspirado en Band of Brothers, la serie de la HBO, y el libro del mismo nombre en que se encuentra basada.

Dedicado a la memoria de Eugene Roe y la de todos aquellos que lucharon y se sacrificaron por la libertad durante la SGM.

El título está inspirado en
esta canción de Belle and Sebastian.




Cerró los ojos tratando de ignorar el constante y molesto tic-tac procedente de algún lejano rincón de la casa. Quería dormir, lo necesitaba, pero sabía que sería difícil conciliar el sueño; desde hacía demasiado tiempo le resultaba imposible descansar en condiciones y ya empezaba a sentirse exhausto.

Comenzó entonces el ritual de cada noche. Dio media vuelta, primero hacia su izquierda, luego hacia su derecha. Después, ahuecó la almohada, se acurrucó un poco más entre las sábanas, hundió la cara en la suavidad del cojín y restregó la nariz contra la fina tela que lo envolvía. Olía tan bien. A limpio. A nuevo.

Sus ojos se abrieron de repente. ¿Cuántas veces a lo largo de los últimos meses se había visto privado de algo tan simple como la comodidad de una cama recién hecha? ¿Cuántas veces le había faltado la protección de cuatro paredes como aquellas? Ni siquiera se molestó en hacer la cuenta.

Muy a su pesar, empezó a rememorar las frías y largas noches en las que el cielo de Bélgica había sido su único techo, en las que la gélida nieve lo cubría todo con un duro y espeso manto blanco capaz de borrar cualquier huella, noches en las que, demasiado a menudo, la aparente calma que acompaña la oscuridad se veía rota por el rugido de las ametralladoras, el estruendo de las explosiones, las frenéticas carreras de los hombres que trataban de ponerse a salvo, los gritos de quienes no lograban escapar de aquella tormenta de sangre y fuego.

Se puso a recordar cómo, con el comienzo de cada día, se sentaba tiritando junto a Spina, hombro con hombro, tratando de conservar el escaso calor que emitían sus cuerpos, para comprobar cuánto material les quedaba. No necesitaban mucho tiempo para saber que apenas tenían nada con lo que curar una mísera herida, menos aún para salvar la vida de todos los soldados que dependían de ellos, por lo que, cada dos por tres, debían ir de pozo en pozo mendigando entre sus compañeros un poco de esparadrapo, alguna dosis de morfina, unas tijeras... Sólo Dios sabía cómo habían sido capaces de trabajar en unas condiciones tan extremas.

Volvió a darse la vuelta, se incorporó y echó las sábanas a un lado. No tenía sentido seguir intentando conciliar el sueño. Una vez que sus recuerdos echaban a andar, no había posibilidad de detener su avance.

Se levantó y, descalzo, encaminó sus pasos hacia el estrecho pasillo. Todo estaba en silencio, todo menos aquel dichoso reloj, marcando ruidosamente el paso inexorable del tiempo, como si quisiera burlarse de su cansancio.

Bajó las escaleras a tientas y se dirigió al patio. Cuando abrió la puerta, una ráfaga de aire le agitó los cabellos. Seguía siendo verano, pero los veranos en Inglaterra podían resultar fríos y húmedos, especialmente si el otoño se encontraba próximo. El viento traía olor a lluvia. Si no se equivocaba, dentro de un rato empezarían a caer las primeras gotas.

Eugene se sentó en el escalón y dirigió la vista al cielo. Entre las nubes, logró atisbar la forma redonda de la luna. La observó por unos instantes, no sin cierta fascinación, como si su brillo plateado pudiera devolverle un poco de la serenidad que la guerra se había empeñado en arrancarle de cuajo. Miles de estrellas la acompañaban en su periplo, emitiendo pequeños pulsos de luz que muy pronto fueron engullidos por los oscuros nimbos que anunciaban tormenta.

Rápidamente, el firmamento quedó cubierto por una gruesa capa gris. El hermoso espectáculo que venía contemplando, se había desvanecido en cuestión de segundos, sin que él pudiese hacer nada para remediarlo, igual que había ocurrido con las vidas de tantos y tantos hombres, compañeros y amigos que murieron en los campos de Normandía, en las llanuras de Holanda, en los fríos bosques de Bastogne, que no podrían disfrutar de un mundo sin guerra como el que él estaba teniendo la oportunidad de ver.

Como si de una película se tratase, los rostros de quienes ya no estaban comenzaron a desfilar ante sus ojos: el teniente Meehan, Muck, Penkala, Hoobler... Renée. Aún se estremecía pensando en ella, en aquellas manos manchadas de tanto trabajar, en los gestos de bondad que siempre tenía hacia él. Pero sobre todo recordaba el callado sufrimiento que sus ojos reflejaban y ambos compartían cuando la vida de un paciente se les escapaba entre los dedos. Había sido una excelente enfermera, una mejor persona y quien sabe si podría haberse convertido en una amiga especial, algo más que eso, incluso. La destrucción de la iglesia donde ella trabajaba le había arrebatado la oportunidad de comprobarlo.

De pronto, sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba cansado de luchar contra sí mismo, de mantenerse impasible en medio de tanta locura, harto de actuar ante los demás como si poco o nada hubiese pasado.

Había soportado los bombardeos de las tropas alemanas, las ráfagas de metralleta, las incursiones de sus tanques, todo tipo de ataques y maniobras. Había visto morir uno tras otro a hombres jóvenes, fuertes y robustos de las formas más dolorosas y crueles imaginables. Se había enfrentado a la visión de brazos y piernas amputadas, de la sangre manando a chorros y desparramándose sobre el suelo. Había escuchado día tras día los gritos de auxilio de sus compañeros tras recibir el impacto de una bala o de un mortero, los gritos de aquellos que ya no podrían pedir socorro. Y a pesar de todo había logrado sobreponerse a sus peores miedos, cumpliendo con su deber. ¿Qué otra cosa podía esperarse? Era un soldado.

Sin embargo, después de todo el infierno vivido, con la guerra concluida y su carrera militar terminada, sentía que era ahora cuando su mente se venía abajo. Necesitaba volver a la normalidad pero no sabía cuándo ni cómo podría conseguirlo.

Levantó el rostro y, con los ojos cerrados, comenzó a llorar en silencio, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas. Lloró por los muertos, lloró por los vivos y, sin saberlo, también lloró por él.

Conmovido, el cielo se unió a su dolor.






14 de abril de 2009

STANNIS BARATHEON

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19 de febrero de 2009

Joffrey Baratheon

Primogenito del Rey Robert y Cersei

Joffrey Baratheon


17 de noviembre de 2008

Eddard Stark

Mano del Rey, Señor de Invernalia





27 de octubre de 2008

DEORWINE

(...)De repente, escucharon pasos fuera y oyeron golpear la puerta, sin esperar respuesta se abrió entrando, algo sofocado, un rohirrim de buena estatura, corpulentos hombros, una larga melena rubia y una mirada de desafío en los ojos dirigida a Derufod.
Después de cerrar la puerta saludó al mayoral y miró receloso a una de las jóvenes, la más alta y de prominentes pechos, debía de ser su prometida, dedujo Derufod y debía tener mucha confianza con el mayoral para entrar en su casa con aquellos modales:
-Yo estoy encargado de la guardia esta noche, y me dijeron que llegó un extranjero, no nos fiamos de nadie...(...)

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13 de octubre de 2008

La batalla de Shalamtut

La noche al fin nos trajo paz. Horas y algunos minutos de valiosa paz a aquel yermo y funesto paramo que ahora vestía sangre. La suya y la nuestra.


Apenas hacía unas semanas, los Caciques de los principales clanes Ulís se habían enseñoreado de la símbolica y sacrosanta llanura de Shalamtut. Allí donde Vigó Nuestro Señor labró la Semilla Maestra que dio origen a Tierra, Mar, Aire y Fuego y con ellos a todos los dones con que esta buena y vieja tierra nos amamanta a todos los que en ella hollamos ya seamos Ulís, Drelyns, Dagonianos, Astarís o Shaldarunes... Hombres. A la XXI Compañia de Picas y Arcos de Lynwer la gloria de defender aquellas polvorientas yardas de desierto religioso y verter en él sus vidas por disputas territoriales inmemoriales se les antojaba muy exigua. Había costado siglos hacer valer los derechos del Reino Drelyn sobre Shalamtut primero frente al Reino de Shaldar y en las últimas decadas frente a todos al Comarcado no reconocido de Ulí.


Tras cuatro días de pesada y penosa marcha desde nuestro Bastión de Lynwer con un paupérrimo avituallamiento al fin llegamos al pie de la cordillera que acuartela la tierra por la que muchos de nuestros hombres morirían esa misma mañana. El encuentro entre nuestros reclutas y las tribus del Este había sido breve y violento. Nuestra primera carga hizo retroceder a los zapadores y arqueros Ulís que trataron de flanquearnos tan pronto como habíamos puesto un pie en Shalamtut e ingenuamente tomando celada por victoria nuestros cuadros de infantería se desfiguraron por la febril y enloquecida persecución de lo que creíamos el total de nuestro enemigo. Una alocada carrera sustituyó al firme y vigoroso avance de las formaciones mil veces ensayadas. Cuando las compactas y férreas hileras dieron paso a un desbordante e irrefrenable caos entre la XXI Compañia de Picas y Arcos en Lynwer de las últimas dunas más meridionales de la llanura y justo donde los montes que limitan con Shaldar daban un mayor abrigo se recortaron como un oscura y vil marea centenares de Ulís montados. Su rapido y compacto contragolpe tuvo efectos devastadores. La caballería ligera de Rundburgo que nos había escoltado desde nuestros acuartelamientos en el norte hasta la batalla se ahogó entre su carga y los dardos que los arqueros supervivientes de la primera escaramuza ya reagrupados les dirigían sin piedad. Casi la totalidad del 1er Cuadro de la XXI Compañía que avanzaba en vanguardia quedó aislado y sucumbió en apenas unos segundos mientras que los salvajes jinetes del este cortaban cabezas y brazos a placer en medio de aquel negro caos. Muchos de aquellos soldados no eran más que niños con unas semanas de instrucción y aquella batalla distaba mucho de lo que esperaban encontrar al salir de nuestras fortificaciones. Las Nemse Siren, las monturas Ulís, paralizaron de terror a muchos de ellos pagando con agonía y muerte aquel descuido. En todas las ciudades de Drelyn corrían rumores de que enormes aves sin alas de grisacea y rocosa piel con malignos ojos rojos campaban por las llanuras de Ulí en numerosas manadas. Según los textos religiosos, las Nemses Siren habían sido desterradas de la faz de la tierra por una milenaria afrenta a Vigó Nuestros Señor y su exilio lo situaban escrituras y relatos en los desiertos del Comarcado no reconocido de Ulí. Estos pájaros estigmatizados no volaban pero medían casi tres metros desde las bien armadas garras posteriores hasta su aguileño pico pleno de pequeños y afilados incisivos. Poseían poderosísimas patas traseras y eran capaces de transportar a un hombre robusto tan velozmente como un caballo adulto y rápido. Siendo así no era ilógico pensar en ellos como un gran activo bélico y más para estas salvajes tribus del este, quienes tan irreconciliable odio nos profesan.
La desgarradora visión de los compañeros muertos y devorados vivos en muchos casos sirvió para que la recobrada cordura impulsase a los tres Cuadros restantes de la XXI de Picas y arcos en Lynwer a retomar la formación y hacer pagar cara la afrenta y salvajismo a los jinetes extranjeros. La efervescencia de la primera carga de los enlutados jinetes Ulís sobre sus Nemses Siren había pasado y su ausencia de disciplina y táctica supeditaba su victoria al daño inflingido en su primer impacto. Una vez retomado el "erizo" de nuestros piqueros y atrapados por los mismos montes y rocas que antes los ocultaban la mayor parte de los soldados sin montura y arqueros enemigos cayeron bajo nuestros dardos. El tercer Cuadro avalanzó sus piqueros y espaderos sobre la ultima bolsa de resistencia que algunos infantes rebeldes apuntalaron de modo desesperado en el abandonado campamento de los jinetes Ulís que ya se daban a la fuga. Gritos ahogados, escudos rotos, suplicas ignoradas de piedad y espadas cayendo al páramo se llaban nuestra victoria.

Es nuestra undécima batalla en Shalamtut y adornarán su tierra desde hoy la sangre y el honor de todos los caidos del 1er Cuadro de la XXI Compañia de Picas y Arcos de Lynwer: un centenar de piqueros muertos o desaparecidos, treinta arqueros y treinta ballesteros desangrados al lado de los cadáveres de cincuenta y ocho espaderos e infantes de línea. En los tres Cuadros restantes las perdidas no han sido tan altas, no obstante el número de lesiones y heridas es muy alto. Mis oficiales me informan de al menos doscientos heridos la mitad de ellos muy graves. Por último reseñar en esta macabra y oscura lista los treinta y cinco jinetes de la Caballería de apoyo de Rundburgo también muertos. A cambio de todo ese valor, de todas esas vidas y la entrega de nuestra gente cualquier balance sería gravoso en extremo para nosotros. Cabe sin embargo mencionar que trocadas por la juventud y las vidas perdidas de centenares de nuestros compatriotas, Vigó los acoja, inflingimos unas trescientas bajas confirmadas al enemigo y capturamos más de una veintena de prisioneros, incluyendo tres de esas endiabladas aves dentadas que han sido ya bautizadas por la tropa como "Nemsys". Tras algunas horas de sueño reparador partiremos de nuevo a Lynwer con la esperanza carcomida por estas estériles escaramuzas con los secesionistas del Este.

GENERAL ALMUNSEN




16 de septiembre de 2008

Hijos del árbol (VI): El fin de todas las cosas



Miró a su alrededor. Le pareció que algo se movía entre las sombras, al pie de las estrechas y empinadas escaleras de piedra. Se detuvo a escuchar en silencio y, tras unos instantes de atenta vigilancia, se convenció de que allí no había nadie.

Dio media vuelta y prosiguió con su andadura, subiendo un escalón tras otro sin perder un solo segundo, intentando recorrer en el menor tiempo posible el camino que aún se extendía ante sus pies. Quería llegar cuanto antes a aquella maldita habitación pero, con cada nuevo paso, el recorrido parecía ampliarse unos metros más, como por arte de algún diabólico hechizo, burlándose de su evidente angustia.

Sin pensarlo dos veces, aceleró la marcha, forzando sin piedad sus piernas temblorosas, ya de por sí fatigadas a causa de la larga ascensión. Necesitaba estar solo, aclarar sus pensamientos, encontrar un poco de paz para su alma atormentada. Y sólo en ese lugar que ahora se le antojaba tan lejano podía obtener las respuestas que su corazón ansiaba obtener.

El mundo que conocía, todo aquello que amaba y había intentado proteger con uñas y dientes, se estaba desmoronando ante sus propios ojos, sin que pudiera hacer nada por remediarlo. Había perdido tantas cosas que, en aquellos momentos, se sentía como una concha vacía, sin una mísera vida a la que aferrarse.

Primero, su esposa, la única capaz de ver más allá de su semblante serio y arisco, la que había compartido sueños y anhelos con él, había fallecido presa del miedo y la pena en plena juventud. Después, su primogénito, el orgullo de su casa, había muerto en una misión que él mismo había autorizado de mala gana, a cientos de kilómetros de su hogar, sin posibilidad de despedida alguna. Y ahora Faramir, su pequeño Faramir, al que amaba profundamente a pesar de sus diferencias, se consumía lentamente en uno de los niveles inferiores de la torre, dispuesto a dejar atrás el mundo de los vivos, tal y como ya habían hecho el resto de sus seres queridos.

No podía soportarlo un segundo más. Tenía que buscar una solución, algún remedio para tanto mal, y sabía que su mejor consejera, la única que le quedaba en aquellos momentos de desconcierto, descansaba silenciosa en esa estancia cerrada a cal y canto a la que por fin había conseguido llegar.

Con mano firme, abrió la puerta y se adentró sin dudar en la oscuridad del recinto. Se aproximó a una de las paredes de piedra blanca y prendió el candil que colgaba de ella. La súbita llama iluminó su rostro por unos instantes, arrojando espectaculares matices de rojo fuego sobre su piel marfileña, plagada de pequeñas gotas de sudor.

Caminó hacia el espacio central de la sala y tomó asiento ante el señorial escritorio de roble. Delante de él, un cofre de madera ricamente adornado descansaba sobre la mesa. Las yemas de sus dedos acariciaron la delicada superficie del baúl, deteniéndose brevemente en cada una de las diminutas gemas que decoraban su superficie con vívidos destellos.

Humedeciéndose los labios, sacó una llave que llevaba colgada al cuello y la introdujo en la cerradura de metal. Abrió el candado con un rápido movimiento de su mano y, extrayendo el contenido con sumo cuidado, como si pudiese romperse sólo con su tacto, lo colocó sobre el escritorio.

Tomó aire y retiró la tela de terciopelo negro que cubría el objeto. La oscura esfera de cristal resplandeció al fugaz contacto de las llamas, pero su luz se extinguió tan pronto como había surgido. Parecía envuelta por tinieblas infinitas, las mismas tinieblas que anegaban la mente del Senescal y le impedían ver más allá de su propio dolor.

Denethor escudriñó la opaca superficie, moviendo sus ojos con frenética desesperación, tratando de buscar en su aterradora oscuridad alguna pista, alguna idea, algo, por muy pequeño que fuera, que pudiera devolverle la ilusión.

Buscó y rebuscó y, cuando estaba a punto de darse por vencido, vio que una imagen empezaba a aparecer, primero distorsionada, luego con mayor nitidez. Barcos. Decenas de barcos navegando por el Anduin, avanzando a golpe de viento y remo, cada vez más próximos a su destino. La imagen desapareció para ser inmediatamente sustituida por otra. Orcos. Miles de orcos acantonados tras la Puerta Negra, pertrechados con todo tipo de armas, dispuestos a seguir asediando Minas Tirith hasta aniquilar todo rastro de vida.

Sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos. Todo estaba perdido. Todo. No había opción alguna para la esperanza, ¿cómo tenerla después de lo que acababa de contemplar? La ciudad sucumbiría entre gritos y llantos, consumida por la sangre y las llamas, devorada por ese terror innombrable que habían intentado derrotar en vano. Se levantó bruscamente, tirando al suelo la silla sobre la que había permanecido sentado segundos antes.

Si eso era lo que el azar les deparaba, si la muerte era un enemigo al que no podrían vencer en aquella ocasión, no tenía sentido seguir eludiendo lo inevitable. Él mismo saldría a su encuentro. Nunca había sido un hombre cobarde y no pensaba empezar a serlo ante el final que los Valar habían confeccionado para él.

Cogió la piedra vidente y, apretándola contra su pecho, salió corriendo de la habitación, en dirección a las escaleras. No, nadie decidiría la suerte de Denethor. Había sido una marioneta en manos del destino durante demasiado tiempo. Ya era hora de empezar a manejar los hilos.

Esta vez, él tendría la última palabra.








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