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Disclaimer:

Los personajes y lugares extraídos de obras literarias, cinematográficas o televisivas pertenecen a sus respectivos creadores. No pretendemos obtener lucro o beneficio alguno a través de su utilización en nuestras historias y relatos.

Los personajes y lugares fruto de nuestra imaginación, en cambio, sí nos pertenecen.

Gorrión Moreno

Bueno aunque en vacaciones tengo esto muy abandonado no olvidé mi cita con los relatos enlazados. Viene del blog de Ati y continuará en el de Pepe Cahiers aqui está mi aportación con el capítulo XIII.








Por fin.




Fundido en negro dentro y fuera.




Mi turno, pasen y vean...




El Enano saltarín aguarda con sus roidas y pasadas de moda letras helvéticas en el cartelón de la entrada.








Había sido mucho más facil y temprano esta vez. Tal y como había predicho su Maestro. Una vez más sus timoratas reservas yacían a los pies de luces y sombras muy por encima de sus entendederas. Por supuesto sabía que Jimena sucumbiría, mas allá de lo comercial al misterioso caballero y que Carloto con los ojos brillantes por laprofusión de propinas cerraría temprano para manosearlas alegre en su casa. Y eso que avestas alturas de su malhada misión, casia nada en todo aquello conservaba la capacidad de sorprenderla. Lejos, muy lejos quedaron las hormigueantes inseguridades y torvas dudas de las primeras veces. también veía con creciente distancia los desconciertos que la mayor edad trajo y los vaivenes morales de las siguientes incursiones. Incluso aún se le presentaban como añejas, las mucho más vivas e inmediatas tribulaciones por los disturbios a su alrededor y la rebelión en ciernes.




Sólo recordaba, con nitidez y frescura impropias de todos los años ya transcurridos, aquella albina y brumosa mañana en el parque donde él, más que encontrarla, la esperaba. estaba sentado con aire distraido y pomposas ropas de otras decadas. Alimentaba a los pájaros con tan ensimismado aire que no pudo contenerse. Se arrastró, con tanta maña que ni ruido hacía al respirar, hasta unos arbustos cercanos para terminar por deslizarse bajo el propio banco que ocupaba su futuro Maestro. Alargó la mano para hacer lo que mejor sabía y cuando en pocos segundos acertó a dar con la cartera del histriónico personaje su voz le heló la sangre:








-"Bienvenida y mejor hallada mi Gorrión Moreno. Amanece conmigo de tu noche y destierra la soledad, nunca más huerfana. Pero si consideras mejor fruto este que ahora atesoras en tus manos nada habré de reprocharte. Tuyas son las monedas que con tus artes callejeras obtuviste. Nuestros caminos nunca más habrán de encontrarse y ambos retomaremos nuestros mundos. Sea tuya la decisión mi gorrión del alba."








De aquellos polvos...




Se sacudió toda esa "metafísica" de mercadillo con un par de fuertes movimientos de cabeza que, a punto estuvieron de desembozarla y dejar al descubierto su rostro. Lo que no consiguió impedir es que sus agitaciones exteriores, hijas de las interiores, terminaran por deshacer el curioso y artesano recogido donde guardaba su trenzada melena azabache. Poco importaba nada de aquello. La calle estaba negra como piel de toro y desierta como la parroquia del cercano barrio rojo. Nadie a esas alturas de la madrugada gustaba de dar con sus huesos por aquellas callejuelas. Ya no recordaba vuantos meses, quizá años, desde que el sereno dejó de rondar las cercanías de la taberna. Pero no podía bajar la guardia porque los disturbios, los anarquistas, el adivinado pero no declarado estado de excepción creciente habían hecho impredecible por donde doblarían la esquina la Guardia Montada o cualquier otra sañuda china en su bota. Palpó con manos expertas toda la acristalada fachada exterior de aquella taberna, nucleo de todo. Apenas unos segundos hasta dar con los consabidos goznes sueltos que tras una contrachapada moldura le daba paso franco al local. En origen puerta, posteriores reformas la transformaron en ventanal que exiguamente dotaba de luz a las mesas del Enano Saltarín. Era tal y como le confió en los primeros días su Maestro el mejor pasaporte de Gorrión al interior. Alli se aprestaba rauda a cumplir con diligencia su penosa tarea una semana más.








Agazapada cercana a la barra desenrolló su ajado zurrón para echar mano de "la arena y los ramilletes", como ella solía llamarlos. En verdad lo primero unos gramos de uan arenisca azulada que vertía a disolver en todos lo toneles y botellas susceptibles de ser consumidos por los parroquianos en los siguientes días. Lo segundo por su parte uno preparados de hierbas y flores semejantes a las margaritas no mayores que su pulgar. Confeccionados y sazonados por su maestro su misión consistía en esconderlos en los bajos de las mesas, marcos de cuadros y patas de las sillas, sustituyendo a su vez a los secos y marchitos que ella misma disfrazó allí mismo la semana anterior. Desconocía los efectos de ambos potajes, ya que, desde que comenzó la tarea muy niña, su Maestro la hacía portar siempre a modo de pañuelo bandolero una cataplasma de alcohol de romero y no se sabía cuantas especias más. Así embozada permanecía, al menos en teoría, al margen de los ungüentos que trampeaba en el interior de la taberna.








Esa noche, ya en el exterior y con la encomienda cumplida, lloró amargamente. Y es que había aprendido a amar aquellas gentes. Y aún sin haber cruzado una sóla palabra con ellos en todos esos años, gustaba de acercarse por aquel rincón. Asomarse en aquella cristalera que semanalmente violentaba para regocijarse con las aventuras de aquellos hombres y mujeres.








Una noche de especial amargura para Gorrión halló todo el valor para enfrentar sus dudas a su extraño benefactor.








-"Maestro bien sabeis que respetado os tengo y que vuestra gracia para conmigo no tiene limites desde que me recogisteis de la calle pero... esta será mi última noche con vos. En verdad no entiendo si nuestra tarea es honrada y no puede si no redundar en beneficio de todos aquellos infelices, porque la realizamos como vulgares rateros. Prestos de antifaz y escondidos en la noche"








-"Mi dulce y ya no tan niña Gorrión Moreno, en verdad que atinada os hallo cuando decís que no entendeis pues en ello se posa la raiz de la cuestión. En el poderoso y misterioso cognos. Ni aún con el doble de vuestra edad habría modo alguno en que yo acertara si quiera a esbozaros la complejidad que desentraña nuestra labor y el abismo que se abriría ante la ausencia de la misma. Pero baste deciros que si, como no puede escaparseme, amais a estas gentes continuareis junto amí extinguiendo esta llama que apura los minutos por consumirnos. Sin los remedios que diligentement ocultais a sus ojos, todos y cada uno de ellos caerían en el olvido, nunca fueron y nunca habrán de ser. Encadenados en las letras ajenas sus vidas serían como una huella en la arena junto al mar. Más aún, nosotros mismos seremos apènas unos minutos en el alma de quienes nos lean. Si no conseguimos alargar su sueño con mis remedios y que prevalezca esta fantasía el despertar de todos y cada uno de ellos a sus vidas reales nos los arrebatará para siempre mi preciosa niña."








Asustada e inconsolable, Gorrión cumple con su cita con la certeza de que el terrible momento que su Maestro le reveló aquella noche se halla cada vez más cercano.

CLAVEL DE INVIERNO

Clavel de Invierno


Estambre de alegría,

dulce perfume en recuerdos

férreo tallo de sentimientos,

inmensa flor de vida.


Que no fué si no el final,

tan remiso para tanto

madrugador para el llanto,

quien trajo nuestro principio.


Halo blanco de experiencia,

sonrisa que restaña el alma

estanque glauco saciando calma,

prologada y dura ausencia.


Que tus seis pétalos castados

abrazando tu contorno se hallan,

esforzados en tu amor afanan

en el sendero siempre hermanados.


Siendo ángel del Sur

nuestro clavel tardío de invierno,

aún dormida y suspirando en sueños

trajiste toda tu luz.

BEFORE THE ROAD

No hubo un día. Sólo un día no.

Desde que aquel "pirado" escandinavo habló por internet de la demacración del sol, para morir pocos días después presa de un fanático religioso, hasta que comprendimos lo inevitable pasaron años. No muchos, pero años para ver como el sol,nuestro sol, se volvía blanco, plomizo y esteril. Insolente con nosotros, sus inquilinos, la estrella se apagaba sin darnos el derecho a réplica. Nada de lo que culparnos, nada a lo que aferrarnos.


Llegaron las guerras, al principio las esperables luego todas las demás. Contrapunto a la mengua de cosechas y personas se inflamaban las enfermedades y la hostilidad degenerativa hacia cualquier forma organizada de sociedad. Homo homini lupus est.


Escribí esta nota por el miedo a perder el recuerdo de lo que fue y temo ya nada será.

I fought in a war

Vuelvo al mundo literario con un breve fragmento inspirado en Band of Brothers, la serie de la HBO, y el libro del mismo nombre en que se encuentra basada.

Dedicado a la memoria de Eugene Roe y la de todos aquellos que lucharon y se sacrificaron por la libertad durante la SGM.

El título está inspirado en
esta canción de Belle and Sebastian.




Cerró los ojos tratando de ignorar el constante y molesto tic-tac procedente de algún lejano rincón de la casa. Quería dormir, lo necesitaba, pero sabía que sería difícil conciliar el sueño; desde hacía demasiado tiempo le resultaba imposible descansar en condiciones y ya empezaba a sentirse exhausto.

Comenzó entonces el ritual de cada noche. Dio media vuelta, primero hacia su izquierda, luego hacia su derecha. Después, ahuecó la almohada, se acurrucó un poco más entre las sábanas, hundió la cara en la suavidad del cojín y restregó la nariz contra la fina tela que lo envolvía. Olía tan bien. A limpio. A nuevo.

Sus ojos se abrieron de repente. ¿Cuántas veces a lo largo de los últimos meses se había visto privado de algo tan simple como la comodidad de una cama recién hecha? ¿Cuántas veces le había faltado la protección de cuatro paredes como aquellas? Ni siquiera se molestó en hacer la cuenta.

Muy a su pesar, empezó a rememorar las frías y largas noches en las que el cielo de Bélgica había sido su único techo, en las que la gélida nieve lo cubría todo con un duro y espeso manto blanco capaz de borrar cualquier huella, noches en las que, demasiado a menudo, la aparente calma que acompaña la oscuridad se veía rota por el rugido de las ametralladoras, el estruendo de las explosiones, las frenéticas carreras de los hombres que trataban de ponerse a salvo, los gritos de quienes no lograban escapar de aquella tormenta de sangre y fuego.

Se puso a recordar cómo, con el comienzo de cada día, se sentaba tiritando junto a Spina, hombro con hombro, tratando de conservar el escaso calor que emitían sus cuerpos, para comprobar cuánto material les quedaba. No necesitaban mucho tiempo para saber que apenas tenían nada con lo que curar una mísera herida, menos aún para salvar la vida de todos los soldados que dependían de ellos, por lo que, cada dos por tres, debían ir de pozo en pozo mendigando entre sus compañeros un poco de esparadrapo, alguna dosis de morfina, unas tijeras... Sólo Dios sabía cómo habían sido capaces de trabajar en unas condiciones tan extremas.

Volvió a darse la vuelta, se incorporó y echó las sábanas a un lado. No tenía sentido seguir intentando conciliar el sueño. Una vez que sus recuerdos echaban a andar, no había posibilidad de detener su avance.

Se levantó y, descalzo, encaminó sus pasos hacia el estrecho pasillo. Todo estaba en silencio, todo menos aquel dichoso reloj, marcando ruidosamente el paso inexorable del tiempo, como si quisiera burlarse de su cansancio.

Bajó las escaleras a tientas y se dirigió al patio. Cuando abrió la puerta, una ráfaga de aire le agitó los cabellos. Seguía siendo verano, pero los veranos en Inglaterra podían resultar fríos y húmedos, especialmente si el otoño se encontraba próximo. El viento traía olor a lluvia. Si no se equivocaba, dentro de un rato empezarían a caer las primeras gotas.

Eugene se sentó en el escalón y dirigió la vista al cielo. Entre las nubes, logró atisbar la forma redonda de la luna. La observó por unos instantes, no sin cierta fascinación, como si su brillo plateado pudiera devolverle un poco de la serenidad que la guerra se había empeñado en arrancarle de cuajo. Miles de estrellas la acompañaban en su periplo, emitiendo pequeños pulsos de luz que muy pronto fueron engullidos por los oscuros nimbos que anunciaban tormenta.

Rápidamente, el firmamento quedó cubierto por una gruesa capa gris. El hermoso espectáculo que venía contemplando, se había desvanecido en cuestión de segundos, sin que él pudiese hacer nada para remediarlo, igual que había ocurrido con las vidas de tantos y tantos hombres, compañeros y amigos que murieron en los campos de Normandía, en las llanuras de Holanda, en los fríos bosques de Bastogne, que no podrían disfrutar de un mundo sin guerra como el que él estaba teniendo la oportunidad de ver.

Como si de una película se tratase, los rostros de quienes ya no estaban comenzaron a desfilar ante sus ojos: el teniente Meehan, Muck, Penkala, Hoobler... Renée. Aún se estremecía pensando en ella, en aquellas manos manchadas de tanto trabajar, en los gestos de bondad que siempre tenía hacia él. Pero sobre todo recordaba el callado sufrimiento que sus ojos reflejaban y ambos compartían cuando la vida de un paciente se les escapaba entre los dedos. Había sido una excelente enfermera, una mejor persona y quien sabe si podría haberse convertido en una amiga especial, algo más que eso, incluso. La destrucción de la iglesia donde ella trabajaba le había arrebatado la oportunidad de comprobarlo.

De pronto, sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba cansado de luchar contra sí mismo, de mantenerse impasible en medio de tanta locura, harto de actuar ante los demás como si poco o nada hubiese pasado.

Había soportado los bombardeos de las tropas alemanas, las ráfagas de metralleta, las incursiones de sus tanques, todo tipo de ataques y maniobras. Había visto morir uno tras otro a hombres jóvenes, fuertes y robustos de las formas más dolorosas y crueles imaginables. Se había enfrentado a la visión de brazos y piernas amputadas, de la sangre manando a chorros y desparramándose sobre el suelo. Había escuchado día tras día los gritos de auxilio de sus compañeros tras recibir el impacto de una bala o de un mortero, los gritos de aquellos que ya no podrían pedir socorro. Y a pesar de todo había logrado sobreponerse a sus peores miedos, cumpliendo con su deber. ¿Qué otra cosa podía esperarse? Era un soldado.

Sin embargo, después de todo el infierno vivido, con la guerra concluida y su carrera militar terminada, sentía que era ahora cuando su mente se venía abajo. Necesitaba volver a la normalidad pero no sabía cuándo ni cómo podría conseguirlo.

Levantó el rostro y, con los ojos cerrados, comenzó a llorar en silencio, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas. Lloró por los muertos, lloró por los vivos y, sin saberlo, también lloró por él.

Conmovido, el cielo se unió a su dolor.






STANNIS BARATHEON

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Joffrey Baratheon

Primogenito del Rey Robert y Cersei

Joffrey Baratheon


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