Disclaimer:
Los personajes y lugares extraídos de obras literarias, cinematográficas o televisivas pertenecen a sus respectivos creadores. No pretendemos obtener lucro o beneficio alguno a través de su utilización en nuestras historias y relatos.
Los personajes y lugares fruto de nuestra imaginación, en cambio, sí nos pertenecen.
Aqui os dejo con el microcuento con el que he participado en el certamen de la Cadena Ser Madrid Sur.
No
habrá de hallarlo esta vez tampoco. Malhadado. Quiéralo la desgracia, no habré de hallarla. Estéril
siquiera pensarlo. Incierto mi destino para casarlo con la certeza de su
partida. Vuela a su cama. Estos días de tormenta locuaz hubieran de prevenirme.
Quiere restañarse lejos de mí y quizás no la culpe. No hallase con qué. Este fue el día. ¿Quién habló? ¿Cuándo volvió? ¿Sería
diferente si yo…? No. Vida es para ellos y vida será para mí. Camino y siembra.
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"• ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Nadie me creerá cuando vuelva a Regato. ¡Malhadado Cano! ¡Trucha arrastrada y egoísta! ¡Blanca tu piel y negras las entrañas! ¿Es que no entiendes que te necesitamos? ¿Es que no ves como sufrimos?"
Viene de La ronda.
El silencio y algún tímido trinar desde los arboles cercanos fueron toda su respuesta.
De rodillas en los fangos arcillosos del rio, completamente cubierto de cochambre estancada hasta las cejas, llegaba la hora de volver a la dura realidad. El balance de su aventura era deudor en todos los aspectos. Su caña, fruto de días de elucubrar un artefacto capaz de llegar a poner en aprietos a un ser sobrenatural como aquel, era historia. Le dolía todo el cuerpo, estaba pleno de arañazos y magulladuras, pero especialmente insufribles eran los calambres de rodillas y codos.
Amén de ello, y por si no fuese suficiente descalabro, venía a unirse a la lista de penurias de Magar el destrozo de sus roídas vestimentas. Normalmente lo primero que hacía al llegar a la orilla del rio era desnudarse completamente y con sus vestimentas salvaguardadas en un árbol hueco de las cercanías, adentrarse en el agua. Pero en esta ocasión no hubo tiempo de preparativos o placidez, cuando llegó a la ribera ya estaba combada su caña en ángulo casi imposible. Aquella lucha entre el hombre y la bestia cobraba un tributo alto en extremo para su humilde condición. Barruntando aquellos asuntos, alternando a iguales partes la justa tristeza por la ocasión perdida con la alegría propia de la hazaña en ciernes y el optimismo de su juventud, puso rumbo a casa.
¡Qué diferente esta entrada a su aldea de la que imaginaba al bregar con el Plata Cano! Su estampa distaba con mucho la de un héroe: nidos zarrapastrosos en el pelo, jirones de ropa desgastada y casi más arcilla que piel en cara, brazos y piernas. Pero por cómico o patético que resultase, nadie tuvo oportunidad de reparar en la llegada de Magar. Todos los Regateños, incluido su padre Midel, se encontraban en la Plaza del Mercado Viejo como cada primera luna llena del mes. Y la escena no era bonita.
• ¡De quien menos lo podía esperar era de tí, Jonás el alcalde! ¡Siempre has sido de ley y hombre de fiar! Ahora sollozas como mujer y regateas como chatarrero ambulante.
• ¡Pero altísimo Burgomaestre Orona, sabed entender que no es pecado de pereza o picaresca! ¡Menos aún falta de previsión o de entrega! No hay cosecha o cabaña con qué pagar nuestras deudas. Ni cereales ni bestias. Todo nos fue confiscado ya en vuestra última visita. Nada nos queda que fiar por las pocas semillas que nos entrega la Reina. Sin semillas poca labranza, sin labranza menos frutos y sin frutos solo manos vacías para recibir a los justos recaudadores de Su Majestad.
• ¡Estabas advertido desde hace tres lunas llenas! ¡Todos lo estabais! Si no cumplíais con vuestras deudas, el Reino se haría cargo de todas vuestras posesiones como premio de condolencia por vuestra deleznable falta de compromiso y laboriosidad.
El regateo entre los enviados de la Corona para los impuestos y el bonachón alcalde Jonás no era nada nuevo en la aldea. Sí lo era el tono amenazante de los unos y la desnuda desesperanza de los otros. Coincidiendo con la llegada de las hambrunas y las cosechas muertas, la severidad y depredación de la Reina Azora para con sus súbditos crecía sin fin. Desde hacía poco, la escolta del Burgomaestre se había duplicado y entraba en Regato de Rodela con las espadas desenvainadas.

• ¡Ladrones! - Magar sintió como un rayo abrasador atravesaba su cuerpo de cabeza a pies al reconocer aquella voz. Cruzó los dedos para que nadie más la hubiera oído pero la voz continuó gritando- ¡No finjas sorpresa orondo Orona! ¿Qué esperaba “la Dama de piedra” cuando empezó, en plena hambruna, a cobrar las semillas de pan a precio de perlas labradas?
• Hablas como sedicioso y enemigo de tu patria. ¿No serás acaso del Gremio de Ekratos? Pues ya conoces que destino corrieron allí con tan perniciosa actitud. ¿Queréis convertir acaso esta noble y leal villa en otro Ekratos?
• Bien dichoso ese camino que ofreces recorrería si mis fuerzas y mis ojos diesen para ello. O si algún joven quedará en nuestras calles que no hubiera hecho el hatillo con destino incierto para buscar su pan. ¡Dime Orona, respóndeme! ¿Acaso no era nuestra deuda insalvable ya la pasada primavera? ¿Por qué entonces volvisteis a ofrecernos grano duro y estéril por el triple del precio de la primavera anterior? No sudes Burgomaestre, yo te digo el porqué. ¡Para poder estar hoy aquí, rodeado de armaduras y espadas que apuntan a viejos, mujeres y niños! ¡Para poder decir “Os lo dije, es culpa vuestra” sin romper a reír! ¡Cínico descarado! ¡Ladrón!
• No deja de ser cierto el dicho mi buen Midel. Cuando un sentido falta los demás se afilan y compensan- El burgomaestre quería aparentar tranquilidad pero las rojeces de su cuello y mejillas le desmentían. Además, más que hablar escupía cada palabra sin dignarse a mirar al rebelde padre de Magar.- Ciego pero con dos palmos más de lengua de los que te corresponden por estatura y condición. La Reina Azora está falta de conversadores tan animosos como este en la capital. ¡Encadenadlo! ¡Declaro todas vuestras posesiones de titularidad real! Si alguien quiere seguir su estela, gustoso le complaceré. He traído buena ración de cadenas y argollas en previsión de insensatez.
Aquello era más de lo que cualquier hijo podía soportar. Con las manos llenas de piedras y aullando desenfrenado, Magar corría hacía el centro de la Plaza.
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- ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Nadie me creerá cuando vuelva a Regato. ¡Malhadado Cano! ¡Trucha arrastrada y egoísta! ¡Blanca tu piel y negras las entrañas! ¿Es que no entiendes que te necesitamos? ¿Es que no ves como sufrimos?
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Recupero de mis tiempos de forero, algo lejanos y ajados ya, un relato sobre Boromir y las conjuras de la Tierra Media anteriores al Concilio de Elrond. Espero que os guste:
Roja.
Palpitando aún en su espada.
Roja y viva.
Sangre de hombre.
Siempre resultaba mucho más fácil cuando se trataba de Orcos y era aquel sucio negro de acre olor quien teñía las armas del hijo del Senescal.
Tres hombres, Hijos de los Padres de los edain, habían muerto a sus manos pero la causa era elevada y el Manto de las 9 colas estaba en su poder por fín tras meses de rastreo y busqueda. Sin él ningun caudillo del bajo o alto Harad podría hacer que las tribus nomadas del Este, los Orientales del Rhûn combatiesen contra Gondor. Aquel harapiento manto de zorros plateados era una reliquia de la casta de los caudillos orientales descendientes de Balchotg el cruel y sin el cual ningun hombre, anciano o niño de aquellas tribus alzaría su mano contra nación alguna. Superstición.
Con ello habría ganado algunos meses de paz para su Reino y para la Ciudad Blanca de Minas Tirith. Pero ahora se había perdido. Dejo a su cabalgadura continuar sin él y desmontando se internó en un selvatico riachuelo al borde del camino con el anhelo de borra su rastro para los centenares de zapadores que ahora lo buscaban.
Tan pronto como se internó en el agua le invadió una sensación de extraña hostilidad. Como si cada planta, cada piedra, cada oculta criatura compartiesen un lenguaje secreto y se conjuraran para cortarle cada uno de los pasos que se aventuraba a dar. A cada instante que pasaba los parpados se hacían más y más pesados. Boromir empezó a temer ser victima de algún sortilegio o envenenamiento justo en el mismo momento que caía desplomado e incosnciente en medio del riachuelo.
-Mae Govannen Atani, Soy Idrial Celembrimbal, encargada para velar por tí en el
Reino de Loth Lorien donde reina la Dama Galadriel.- quien así hablaba era una elfa de rubias y doradas trenzas cvuya ascendencia Noldor era indudable aún para quien como boromir nunca había conocido alguno de aquellos exiliados de Valinor.
-¿Qué ocurrió?¿Donde estoy? El manto...la gente del este...
-No te apures guerrero de Gondor e hijo de su senescal, estas con amigos y el Manto de las 9 Colas en lugar seguro, justo al pie de tu cama como tus armas y demás enseres. No somos ladrones. Como te he dicho eres huesped de la Dama Galadriel así como de su esposo Celeborn y nos encontramos en uno de los mallorns reservados a las Damas de Corte. Tu aspecto, Edain no era tranquilizador cuando decidiste traspasar nuestras fronteras. Sucio, sanguinolento y armado. Procedente de tierras que no habrían de acoger a un Elfo como es el Rhûn fuiste “asediado” por los poderes de uno de los tres anillos de poder confiados a los Eldar. Lorien esta vivo sufre, oye y se defiende. Si bien tu corazón aún es puro como prueba que estes aquí. De otro modo...El sueño hubiera sido eterno.
-La cintura de Melian...-murmuro febrilmente Boromir- Elfos que han contemplado las Tierras imperecederas y combatido con y contra Dioses... Leyendas... Sueños...pero mi Dulce señora eso es Ayer y en el Hoy mi pueblo llora una guerra que he de ganar. Huerfanos de Esperanza, mi pueblo sufre y se apaga.
-No creas que los Eldar mi pueblo es indolente a lo que sucede al resto de los seres de Arda no obstante y por orden expresa de mi Señora y Reina Galadriel no está contemplada aún tu partida Capitan de los Hombres. Dejame enseñarte la Tierra del sueño y para calor de tu alma diré que el tiempo en nuestro reino es angañoso y así como creas disfrutar una jornada entera no halalrás sino que tan solo unas horas pasaron para el resto de los pueblos en la Tierra Media. Sólo has de vaciar tu mente y dejar el reposo de tu corazón en nuestras manos. Si así nos confías, tu Paz y la de Gondor llegará.
Durante unos días sus dulces palabras unidas a la blanca y fascinante belleza de Idrial quien nunca dejaba solo a Boromir, así como la beatitud de aquella tierra tejida en sueños y que parecía escapar del hambre y las guerras que azotaban
Arda, hicieron que el hijo del Senescal encontrase un hogar entre aquel pueblo. No obstante las pesadillas eran frecuentes. El arbol blanco retoño de Nimloth ardía. Su padre, su hermano...yacían muertos. No había Esperanza en sus sueños Hordas de orientales se unían a las ya infladas huestes de Sauron y masacraban a su pueblo. Les había fallado. Su desazón crecía y sus reiterados intentos de partida eran frustrados por las excusas más estravagantes e inusuales. Así le parecián al menos. Poco a poco la desconfianza hizo mella en él y escuchaba susurros conversaciones a medias( “Faramir” “Concilio” “Imladris” “El daño”) que no hicieron si no acrecentar su determinación de fugarse de Lorien apesar de haber sido atendido por la Dama Galadriel quien con inescrutables palabras le negó su regreso a Gondor.
Una mañana temprana mientras Boromir se aseaba desnudo en un pequeño lago al pie de Caras Galadhon, único momento en que Idrial acataba retirarse y dejaba en soledad al guerrero, algo extraordinario sucedió. Subitamente de una de las orillas un enorme pedrusco del tamaño de un hombre adulto salió disparado impulsado por una violenta explosión a la que enormes vapores blancos y azules siguieron dejando al descubierto una oscura caberna. En pocos segundos dos pequeñas figuras salián al trote de la recién creada ruta.
-Rapido, rapido-Gritaba uno de ellos
-Uno, dos, uno, dos- bufaba la segunda figura más baja y achaparrada que la anterior al tiempo que con un pico minero retiraba los escombros ocasionados por la explosión.
Ante sus atonitos ojos se presentaron dos enanos como Noegyth y Nibin. Morenos en su piel y sus descuidadas barbas tras presentarse confesaron a Boromir que habian sido testigos de su “cautiverio” por parte de los Elfos y no habían por menos que apidarse y fraguar un rescate.
-los Elfos nacieron siendo ladrones y así moriran como ladrones.-Escupió Noegyth
-A nosotros nos engañaron una vez en Menegroth, las Mil Cavernas no dejes que hagan los mismo contigo y siguenos. Sólo quieren que Gondor no esté en el Concilio. Quieren ser los únicos, quieren quedarselo. Pero si te quedas aquí nunca lo entenderás...-Explicaba Nibin.
Tras ver en su mente los ojos llorosos de Idrial al descubrir su huida Boromir se vistió y corrió tras los dos pequeños y malhumorados “libertadores”.
Ya en tierras cercanas al folde oeste Boromir se despedía de Nibin y Naugyth.
-Pequeños amigos. Gondor agradece vuestro leal servicio y mi padre el buen Senescal Denethor sabrá como recompensar vuestra valentía y honor.
-Los enanos no somos gente de pompa y de corte. No es necesario...-comenzó Nibin
-Aunque si hablases en serio guerrero de Gondor, ese hermoso y calido manto gris que portas desde Lorien sería un más que gran presente.-Complemento Naugyth.
Puesto que os debo mi libertad es lo justo y creo que sabré hacer entender a mi padre.
Tras depositar el manto en manos de los enanos, Boromir corrió colina abajo en busca de su patria y del sentido que faltaban a todas las conspiraciones que creyó adivinar entre los Eldar de Loth Lorien.

Al perderse en el horizonte el Capitan de Gondor los Enanos sonrieron en una cruel mueca.
-El Mago Blanco estará satisfecho...-Dijo entre risas Nibin
-Muy satisfecho diría yo amigo mío. -Contestó Naugyth
-Rhûn y Khand irán a la guerra bajo la bandera de Sauron.
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Clavel de Invierno
Estambre de alegría,
dulce perfume en recuerdos
inmensa flor de vida.
Que no fué si no el final,
tan remiso para tanto
madrugador para el llanto,
quien trajo nuestro principio.
Halo blanco de experiencia,
sonrisa que restaña el alma
estanque glauco saciando calma,
prologada y dura ausencia.
Que tus seis pétalos castados
abrazando tu contorno se hallan,
esforzados en tu amor afanan
en el sendero siempre hermanados.
Siendo ángel del Sur
nuestro clavel tardío de invierno,
aún dormida y suspirando en sueños
trajiste toda tu luz.
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