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Disclaimer:

Los personajes y lugares extraídos de obras literarias, cinematográficas o televisivas pertenecen a sus respectivos creadores. No pretendemos obtener lucro o beneficio alguno a través de su utilización en nuestras historias y relatos.

Los personajes y lugares fruto de nuestra imaginación, en cambio, sí nos pertenecen.

Microrrelato Amor en 1 Minuto

Aqui os dejo con el microcuento con el que he participado en el certamen de la Cadena Ser Madrid Sur.

No habrá de hallarlo esta vez tampoco. Malhadado.  Quiéralo la desgracia, no habré de hallarla. Estéril siquiera pensarlo. Incierto mi destino para casarlo con la certeza de su partida. Vuela a su cama. Estos días de tormenta locuaz hubieran de prevenirme. Quiere restañarse lejos de mí y quizás no la culpe. No hallase con qué. Este fue el día.  ¿Quién habló? ¿Cuándo volvió? ¿Sería diferente si yo…? No. Vida es para ellos y vida será para mí. Camino y siembra.

La ronda (2)

"•    ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Nadie me creerá cuando vuelva a Regato. ¡Malhadado Cano! ¡Trucha arrastrada y  egoísta! ¡Blanca tu piel y negras las entrañas! ¿Es que no entiendes que te necesitamos? ¿Es que no ves como sufrimos?"

Viene de La ronda.

El silencio y algún tímido trinar desde los arboles cercanos fueron toda su respuesta.
De rodillas en los fangos arcillosos del rio, completamente cubierto de cochambre estancada hasta las cejas, llegaba la hora de volver a la dura realidad. El balance de su aventura era deudor en todos los aspectos. Su caña, fruto de días de elucubrar un artefacto capaz de llegar a poner en aprietos a un ser sobrenatural como aquel, era historia. Le dolía todo el cuerpo, estaba pleno de arañazos y magulladuras, pero especialmente insufribles eran los calambres de rodillas y codos.

Amén de ello, y por si no fuese suficiente descalabro, venía a unirse a la lista de penurias de Magar el destrozo de sus roídas vestimentas. Normalmente lo primero que hacía al llegar a la orilla del rio era desnudarse completamente y con sus vestimentas salvaguardadas en un árbol hueco de las cercanías, adentrarse en el agua. Pero en esta ocasión no hubo tiempo de preparativos o placidez, cuando llegó a la ribera ya estaba combada su caña en ángulo casi imposible.  Aquella lucha entre el hombre y la bestia cobraba un tributo alto en extremo para su humilde condición. Barruntando aquellos asuntos, alternando a iguales partes la justa tristeza por la ocasión perdida con la alegría propia de la hazaña en ciernes y el optimismo de su juventud, puso rumbo a casa.

¡Qué diferente esta entrada a su aldea de la que imaginaba al bregar con el Plata Cano! Su estampa distaba con mucho la de un héroe: nidos zarrapastrosos en el pelo, jirones de ropa desgastada y casi más arcilla que piel en cara, brazos y piernas. Pero por cómico o patético que resultase, nadie tuvo oportunidad de reparar en la llegada de Magar. Todos los Regateños, incluido su padre Midel, se encontraban en la Plaza del Mercado Viejo como cada primera luna llena del mes. Y la escena no era bonita.

    •    ¡De quien menos lo podía esperar era de tí, Jonás el alcalde! ¡Siempre has sido de ley y hombre de fiar! Ahora sollozas como mujer y regateas como chatarrero ambulante.
    •    ¡Pero altísimo Burgomaestre Orona,  sabed entender que no es pecado de pereza o picaresca! ¡Menos aún falta de previsión o de entrega! No hay cosecha o cabaña con qué pagar nuestras deudas. Ni cereales ni bestias. Todo nos fue confiscado ya en vuestra última visita. Nada nos queda que fiar por las pocas semillas que nos entrega la Reina. Sin semillas poca labranza, sin labranza menos frutos y sin frutos solo manos vacías para recibir a los justos recaudadores de Su Majestad.
    •    ¡Estabas advertido desde hace tres lunas llenas! ¡Todos lo estabais! Si  no cumplíais con vuestras deudas, el Reino se haría cargo de todas vuestras posesiones como premio de condolencia por vuestra deleznable  falta de compromiso y laboriosidad.


El regateo entre los enviados de la Corona para los impuestos y el bonachón alcalde Jonás no era nada nuevo en la aldea. Sí lo era el tono amenazante de los unos y la desnuda desesperanza de los otros.  Coincidiendo con la llegada de las hambrunas y las cosechas muertas, la severidad y depredación de la Reina Azora para con sus súbditos crecía sin fin. Desde hacía poco, la escolta del Burgomaestre se había duplicado y entraba en Regato de Rodela con las espadas desenvainadas.


    •    ¡Ladrones!  - Magar sintió como un rayo abrasador atravesaba su cuerpo de cabeza a pies al reconocer aquella voz. Cruzó los dedos para que nadie más la hubiera oído pero la voz continuó gritando- ¡No finjas sorpresa orondo Orona! ¿Qué esperaba “la Dama de piedra” cuando empezó, en plena hambruna, a cobrar las semillas de pan a precio de perlas labradas?
    •    Hablas como sedicioso y enemigo de tu patria. ¿No serás acaso del Gremio de Ekratos? Pues ya conoces que destino corrieron allí con tan perniciosa actitud. ¿Queréis convertir acaso  esta noble y leal villa en otro Ekratos?
    •    Bien dichoso ese camino que ofreces recorrería si mis fuerzas y mis ojos diesen para ello. O si algún joven quedará en nuestras calles que no hubiera hecho el hatillo con destino incierto para buscar su pan. ¡Dime Orona, respóndeme! ¿Acaso no era nuestra deuda insalvable ya la pasada primavera? ¿Por qué entonces volvisteis a ofrecernos grano duro y estéril por el triple del precio de la primavera anterior? No sudes Burgomaestre, yo te digo el porqué. ¡Para poder estar hoy  aquí, rodeado de armaduras y espadas que apuntan a viejos, mujeres y niños! ¡Para poder decir “Os lo dije, es culpa vuestra” sin romper a reír! ¡Cínico descarado! ¡Ladrón!
    •    No deja de ser cierto el dicho mi buen Midel. Cuando un sentido falta los demás se afilan y compensan- El burgomaestre quería aparentar tranquilidad pero las rojeces de su cuello y mejillas le desmentían. Además, más que hablar escupía cada palabra sin dignarse a mirar al rebelde padre de Magar.- Ciego pero con dos palmos más de lengua de  los que te corresponden por estatura y condición. La Reina Azora está falta de conversadores tan animosos como este en la capital.  ¡Encadenadlo! ¡Declaro todas vuestras posesiones de titularidad real! Si alguien quiere seguir su estela, gustoso le complaceré. He traído buena ración de cadenas y argollas en previsión de insensatez.

Aquello era más de lo que cualquier hijo podía soportar. Con las manos llenas de piedras y aullando desenfrenado, Magar corría hacía el centro de la Plaza.

Hijos del árbol (VII): Requiem


Requiem



Como cada amanecer, los primeros rayos de sol se asomaron tímidamente por el lejano y oscuro oriente, iluminando con su tenue luz la cumbre nevada del Mindolluin.

El fuego de la antorchas, todavía encendidas, comenzó a extinguirse en los distintos sectores de la Ciudad Blanca. Un nuevo día había comenzado, y Minas Tirith se desperezaba con el tibio calor de la mañana.

Alrededor de la ciudadela, algunos centinelas montaban guardia. Situados en distintos puntos de la muralla, contemplaban con ojos siempre vigilantes la extensa llanura del Pelennor, atentos a cualquier movimiento extraño procedente del país de la Sombra.

El Senescal se asomó a uno de los pequeños balcones que se abrían en la Torre de Ecthelion.

Desde su elevada posición, podía divisar la cercana ciudad de Osgiliath, punto de constantes y sangrientas luchas entre el ejército de Gondor y las tropas del enemigo. Más allá de sus derruidas torres, más allá de los despojos de su antiguo esplendor, interminables nubes de humo gris cubrían el cielo invernal, amenazando con devorar la escasa luz que Anor proporcionaba a aquellas tierras suspendidas en el tiempo.

Miró hacia abajo.

Aún era temprano, pero las intrincadas calles empezaban a llenarse del bullicio habitual. Decenas de ciudadanos entraban y salían de los pequeños comercios, absortos en sus tareas, tan perdidos en su propio mundo que apenas prestaban atención a lo que ocurría en torno suyo, igual que diminutas hormigas dentro de un inmenso hormiguero. Se iniciaba así la rutina de un nuevo día.

Todo parecía inmutable, inamovible, sin embargo, creyó intuir algo distinto en el aire fresco de la mañana, algo que la propia ciudad, como si de un ser vivo se tratase, parecía presentir igual que él, algo que impregnaba cada inmaculada piedra blanca y que comenzaba a invadir hasta las más ocultas callejuelas.

Entonces lo escuchó.

Un sonido lejano, apenas imperceptible, como barrido desde tierras lejanas, sus breves notas apenas sostenidas sobre un cielo que poco a poco comenzaba a teñirse de gris.

Ladeó la cabeza extrañado, buscando el origen de aquel ruido que a duras penas había logrado discernir. El sonido irrumpió de nuevo en la ruidosa actividad de la ciudad, esta vez más nítido, más prolongado. No se trataba de imaginaciones suyas.

Esta vez sonó con mucha más fuerza, como un grito desesperado de ayuda. Denethor no tuvo duda alguna. El cuerno de Vorondil no sonaba por casualidad y aquello sólo podía significar una cosa: Boromir se encontraba en apuros.

En los instantes que siguieron, el bramido se repitió varias veces más, confundiéndose con los truenos que una incipiente tormenta comenzaba a descargar sobre la ciudad, hasta que, de repente, todo quedó en silencio.

El Senescal se aferró con fuerza a la barandilla y se asomó todo lo que pudo, con el anhelo de captar nuevos y reveladores sonidos. Un rayo surcó el cielo casi negro que ahora se cernía sobre él, y las primeras gotas de lluvia cayeron sobre su rostro, resbalando lentamente por sus mejillas.

Sintió un escalofrío y el más profundo pesar se apoderó de su corazón. No necesitaba que nadie se lo confirmase. Sabía que su querido primogénito se había desvanecido para siempre, y con él la esperanza de un futuro mejor.

En silencio, comenzó a llorar.





La ronda

 


“Tic, tic, tchic” 
A cada pequeño chasquido de la caña le seguía una onda perfecta y cristalina en el agua.
 “Tchic, tic, chic, tchiíc"
  Los tirones al improvisado sedal se hacían más enérgicos, rápidos y desesperados a cada instante. Las ondas del forcejeo con la presa ya asemejaban un oleaje en miniatura, lo que excitó la imaginación del joven pescador. Los ojos azules de Magar se iluminaron al tiempo que pasaba de sostener a agarrar, y de agarrar a abrazar su caña. Era él, esta vez no había lugar a error, en el filo de su anzuelo luchaba el Plata Cano, más que un pez una leyenda. Los padres de su padre fueron los últimos en saber del Señor Albo en Regato de Rodela. Por aquel entonces todo el mundo nadaba en la abundancia y la risa era música frecuente en las calles. Nadie estableció relación alguna entre su ausencia y las penurias que se alojarían en la aldea al poco tiempo. Muchos inviernos y veranos sin el menor rastro de la criatura mágica lo habían relegado a cuento para niños o canción de chanzas para titiriteros. Sin embargo aquí estaba de nuevo al fin. El metálico resplandor blanco bajo el agua así como el siseante arrullo con que refunfuñaba al bregar contra el chico lo delataban. Tenía que ser él. 
 
 
Ensoñó con su trofeo, aún por cobrar. Se veía volviendo a la aldea cargando a sus lomos con el mágico pez. Cruzando el arco de piedra, único vestigio de la anciana y desaparecida muralla, que hacía las veces de puerta mayor para los visitantes de alcurnia y blasonados que se dignaban caer por allí en los tiempos anteriores al hambre. Casi podía oler las brasas. Oler la leña y el fuego que con tiento y mimo habría encendido su “Apa” Midel, confiando en que volvería victorioso de las burlas y desprecios que le despedían todas aquellas mañanas que se dirigía al rio. Soñaba con el fulgor níveo que tendría el Plata Cano en el umbral de la roída y destartalada choza a la que llamaban casa. 


Se agolpaban en su cabeza imágenes de los oros y milagros que se habrían de regalar al dueño del Señor Albo del rio. Si lo que las viejas contaban era verdad no habría más hambre para nadie y la fortuna cambiaría para siempre en Regato de Rodela. Con tales fantasías, sueños y cuentas de fortuna Magar enfrentaba los crecientes sudores, laceraciones en sus manos, calambres en las piernas y repetidos desfallecimientos que la lucha con su Plata Cano le regalaba. Pero si bien la voluntad del chico era del mejor hierro dulce forjado, los juncos y ramas que montaban el entusiasta ingenio que él generosamente llamaba caña, distaban mucho de serlo. 
 “Crick Craack ¡Choff!”
 
 De pronto el mundo era rojo, salino y granulado. La caña había cedido y la inercia del crujido había dado con los huesos del aspirante a pescador al cenagal. Respiró mucha agua arcillosa, tosiendo durante largo rato. Mientras recuperaba el resuello, el muchacho maldijo prolijamente su suerte así como a su presa, ya en fuga.
  • ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Nadie me creerá cuando vuelva a Regato. ¡Malhadado Cano! ¡Trucha arrastrada y egoísta! ¡Blanca tu piel y negras las entrañas! ¿Es que no entiendes que te necesitamos? ¿Es que no ves como sufrimos?

Esperanza (LOTR Fanfic)


Recupero de mis tiempos de forero, algo lejanos y ajados ya, un relato sobre Boromir y las conjuras de la Tierra Media anteriores al Concilio de Elrond. Espero que os guste:

Roja.
Palpitando aún en su espada.
Roja y viva.

Sangre de hombre.
Siempre resultaba mucho más fácil cuando se trataba de Orcos y era aquel sucio negro de acre olor quien teñía las armas del hijo del Senescal.


Tres hombres, Hijos de los Padres de los edain, habían muerto a sus manos pero la causa era elevada y el Manto de las 9 colas estaba en su poder por fín tras meses de rastreo y busqueda. Sin él ningun caudillo del bajo o alto Harad podría hacer que las tribus nomadas del Este, los Orientales del Rhûn combatiesen contra Gondor. Aquel harapiento manto de zorros plateados era una reliquia de la casta de los caudillos orientales descendientes de Balchotg el cruel y sin el cual ningun hombre, anciano o niño de aquellas tribus alzaría su mano contra nación alguna. Superstición.


Con ello habría ganado algunos meses de paz para su Reino y para la Ciudad Blanca de Minas Tirith. Pero ahora se había perdido. Dejo a su cabalgadura continuar sin él y desmontando se internó en un selvatico riachuelo al borde del camino con el anhelo de borra su rastro para los centenares de zapadores que ahora lo buscaban.


Tan pronto como se internó en el agua le invadió una sensación de extraña hostilidad. Como si cada planta, cada piedra, cada oculta criatura compartiesen un lenguaje secreto y se conjuraran para cortarle cada uno de los pasos que se aventuraba a dar. A cada instante que pasaba los parpados se hacían más y más pesados. Boromir empezó a temer ser victima de algún sortilegio o envenenamiento justo en el mismo momento que caía desplomado e incosnciente en medio del riachuelo.

-Mae Govannen Atani, Soy Idrial Celembrimbal, encargada para velar por tí en el Reino de Loth Lorien donde reina la Dama Galadriel.- quien así hablaba era una elfa de rubias y doradas trenzas cvuya ascendencia Noldor era indudable aún para quien como boromir nunca había conocido alguno de aquellos exiliados de Valinor.


-¿Qué ocurrió?¿Donde estoy? El manto...la gente del este...
-No te apures guerrero de Gondor e hijo de su senescal, estas con amigos y el Manto de las 9 Colas en lugar seguro, justo al pie de tu cama como tus armas y demás enseres. No somos ladrones. Como te he dicho eres huesped de la Dama Galadriel así como de su esposo Celeborn y nos encontramos en uno de los mallorns reservados a las Damas de Corte. Tu aspecto, Edain no era tranquilizador cuando decidiste traspasar nuestras fronteras. Sucio, sanguinolento y armado. Procedente de tierras que no habrían de acoger a un Elfo como es el Rhûn fuiste “asediado” por los poderes de uno de los tres anillos de poder confiados a los Eldar. Lorien esta vivo sufre, oye y se defiende. Si bien tu corazón aún es puro como prueba que estes aquí. De otro modo...El sueño hubiera sido eterno.
-La cintura de Melian...-murmuro febrilmente Boromir- Elfos que han contemplado las Tierras imperecederas y combatido con y contra Dioses... Leyendas... Sueños...pero mi Dulce señora eso es Ayer y en el Hoy mi pueblo llora una guerra que he de ganar. Huerfanos de Esperanza, mi pueblo sufre y se apaga.


-
No creas que los Eldar mi pueblo es indolente a lo que sucede al resto de los seres de Arda no obstante y por orden expresa de mi Señora y Reina Galadriel no está contemplada aún tu partida Capitan de los Hombres. Dejame enseñarte la Tierra del sueño y para calor de tu alma diré que el tiempo en nuestro reino es angañoso y así como creas disfrutar una jornada entera no halalrás sino que tan solo unas horas pasaron para el resto de los pueblos en la Tierra Media. Sólo has de vaciar tu mente y dejar el reposo de tu corazón en nuestras manos. Si así nos confías, tu Paz y la de Gondor llegará.


Durante unos días sus dulces palabras unidas a la blanca y fascinante belleza de Idrial quien nunca dejaba solo a Boromir, así como la beatitud de aquella tierra tejida en sueños y que parecía escapar del hambre y las guerras que azotaban
Arda, hicieron que el hijo del Senescal encontrase un hogar entre aquel pueblo. No obstante las pesadillas eran frecuentes. El arbol blanco retoño de Nimloth ardía. Su padre, su hermano...yacían muertos. No había Esperanza en sus sueños Hordas de orientales se unían a las ya infladas huestes de Sauron y masacraban a su pueblo. Les había fallado. Su desazón crecía y sus reiterados intentos de partida eran frustrados por las excusas más estravagantes e inusuales. Así le parecián al menos. Poco a poco la desconfianza hizo mella en él y escuchaba susurros conversaciones a medias( “Faramir” “Concilio” “Imladris” “El daño”) que no hicieron si no acrecentar su determinación de fugarse de Lorien apesar de haber sido atendido por la Dama Galadriel quien con inescrutables palabras le negó su regreso a Gondor.

Una mañana temprana mientras Boromir se aseaba desnudo en un pequeño lago al pie de Caras Galadhon, único momento en que Idrial acataba retirarse y dejaba en soledad al guerrero, algo extraordinario sucedió. Subitamente de una de las orillas un enorme pedrusco del tamaño de un hombre adulto salió disparado impulsado por una violenta explosión a la que enormes vapores blancos y azules siguieron dejando al descubierto una oscura caberna. En pocos segundos dos pequeñas figuras salián al trote de la recién creada ruta.

-Rapido, rapido-Gritaba uno de ellos
-Uno, dos, uno, dos- bufaba la segunda figura más baja y achaparrada que la anterior al tiempo que con un pico minero retiraba los escombros ocasionados por la explosión.
Ante sus atonitos ojos se presentaron dos enanos como Noegyth y Nibin. Morenos en su piel y sus descuidadas barbas tras presentarse confesaron a Boromir que habian sido testigos de su “cautiverio” por parte de los Elfos y no habían por menos que apidarse y fraguar un rescate.
-los Elfos nacieron siendo ladrones y así moriran como ladrones.-Escupió Noegyth

-A nosotros nos engañaron una vez en Menegroth, las Mil Cavernas no dejes que hagan los mismo contigo y siguenos. Sólo quieren que Gondor no esté en el Concilio. Quieren ser los únicos, quieren quedarselo. Pero si te quedas aquí nunca lo entenderás...-Explicaba Nibin.


Tras ver en su mente los ojos llorosos de Idrial al descubrir su huida Boromir se vistió y corrió tras los dos pequeños y malhumorados “libertadores”.
Ya en tierras cercanas al folde oeste Boromir se despedía de Nibin y Naugyth.
-Pequeños amigos. Gondor agradece vuestro leal servicio y mi padre el buen Senescal Denethor sabrá como recompensar vuestra valentía y honor.
-Los enanos no somos gente de pompa y de corte. No es necesario...-comenzó Nibin
-Aunque si hablases en serio guerrero de Gondor, ese hermoso y calido manto gris que portas desde Lorien sería un más que gran presente.-Complemento Naugyth.
Puesto que os debo mi libertad es lo justo y creo que sabré hacer entender a mi padre.
Tras depositar el manto en manos de los enanos, Boromir corrió colina abajo en busca de su patria y del sentido que faltaban a todas las conspiraciones que creyó adivinar entre los Eldar de Loth Lorien.


Al perderse en el horizonte el Capitan de Gondor los Enanos sonrieron en una cruel mueca.


-El Mago Blanco estará satisfecho...-Dijo entre risas Nibin
-Muy satisfecho diría yo amigo mío. -Contestó Naugyth
-Rhûn y Khand irán a la guerra bajo la bandera de Sauron.

Gorrión Moreno

Bueno aunque en vacaciones tengo esto muy abandonado no olvidé mi cita con los relatos enlazados. Viene del blog de Ati y continuará en el de Pepe Cahiers aqui está mi aportación con el capítulo XIII.








Por fin.




Fundido en negro dentro y fuera.




Mi turno, pasen y vean...




El Enano saltarín aguarda con sus roidas y pasadas de moda letras helvéticas en el cartelón de la entrada.








Había sido mucho más facil y temprano esta vez. Tal y como había predicho su Maestro. Una vez más sus timoratas reservas yacían a los pies de luces y sombras muy por encima de sus entendederas. Por supuesto sabía que Jimena sucumbiría, mas allá de lo comercial al misterioso caballero y que Carloto con los ojos brillantes por laprofusión de propinas cerraría temprano para manosearlas alegre en su casa. Y eso que avestas alturas de su malhada misión, casia nada en todo aquello conservaba la capacidad de sorprenderla. Lejos, muy lejos quedaron las hormigueantes inseguridades y torvas dudas de las primeras veces. también veía con creciente distancia los desconciertos que la mayor edad trajo y los vaivenes morales de las siguientes incursiones. Incluso aún se le presentaban como añejas, las mucho más vivas e inmediatas tribulaciones por los disturbios a su alrededor y la rebelión en ciernes.




Sólo recordaba, con nitidez y frescura impropias de todos los años ya transcurridos, aquella albina y brumosa mañana en el parque donde él, más que encontrarla, la esperaba. estaba sentado con aire distraido y pomposas ropas de otras decadas. Alimentaba a los pájaros con tan ensimismado aire que no pudo contenerse. Se arrastró, con tanta maña que ni ruido hacía al respirar, hasta unos arbustos cercanos para terminar por deslizarse bajo el propio banco que ocupaba su futuro Maestro. Alargó la mano para hacer lo que mejor sabía y cuando en pocos segundos acertó a dar con la cartera del histriónico personaje su voz le heló la sangre:








-"Bienvenida y mejor hallada mi Gorrión Moreno. Amanece conmigo de tu noche y destierra la soledad, nunca más huerfana. Pero si consideras mejor fruto este que ahora atesoras en tus manos nada habré de reprocharte. Tuyas son las monedas que con tus artes callejeras obtuviste. Nuestros caminos nunca más habrán de encontrarse y ambos retomaremos nuestros mundos. Sea tuya la decisión mi gorrión del alba."








De aquellos polvos...




Se sacudió toda esa "metafísica" de mercadillo con un par de fuertes movimientos de cabeza que, a punto estuvieron de desembozarla y dejar al descubierto su rostro. Lo que no consiguió impedir es que sus agitaciones exteriores, hijas de las interiores, terminaran por deshacer el curioso y artesano recogido donde guardaba su trenzada melena azabache. Poco importaba nada de aquello. La calle estaba negra como piel de toro y desierta como la parroquia del cercano barrio rojo. Nadie a esas alturas de la madrugada gustaba de dar con sus huesos por aquellas callejuelas. Ya no recordaba vuantos meses, quizá años, desde que el sereno dejó de rondar las cercanías de la taberna. Pero no podía bajar la guardia porque los disturbios, los anarquistas, el adivinado pero no declarado estado de excepción creciente habían hecho impredecible por donde doblarían la esquina la Guardia Montada o cualquier otra sañuda china en su bota. Palpó con manos expertas toda la acristalada fachada exterior de aquella taberna, nucleo de todo. Apenas unos segundos hasta dar con los consabidos goznes sueltos que tras una contrachapada moldura le daba paso franco al local. En origen puerta, posteriores reformas la transformaron en ventanal que exiguamente dotaba de luz a las mesas del Enano Saltarín. Era tal y como le confió en los primeros días su Maestro el mejor pasaporte de Gorrión al interior. Alli se aprestaba rauda a cumplir con diligencia su penosa tarea una semana más.








Agazapada cercana a la barra desenrolló su ajado zurrón para echar mano de "la arena y los ramilletes", como ella solía llamarlos. En verdad lo primero unos gramos de uan arenisca azulada que vertía a disolver en todos lo toneles y botellas susceptibles de ser consumidos por los parroquianos en los siguientes días. Lo segundo por su parte uno preparados de hierbas y flores semejantes a las margaritas no mayores que su pulgar. Confeccionados y sazonados por su maestro su misión consistía en esconderlos en los bajos de las mesas, marcos de cuadros y patas de las sillas, sustituyendo a su vez a los secos y marchitos que ella misma disfrazó allí mismo la semana anterior. Desconocía los efectos de ambos potajes, ya que, desde que comenzó la tarea muy niña, su Maestro la hacía portar siempre a modo de pañuelo bandolero una cataplasma de alcohol de romero y no se sabía cuantas especias más. Así embozada permanecía, al menos en teoría, al margen de los ungüentos que trampeaba en el interior de la taberna.








Esa noche, ya en el exterior y con la encomienda cumplida, lloró amargamente. Y es que había aprendido a amar aquellas gentes. Y aún sin haber cruzado una sóla palabra con ellos en todos esos años, gustaba de acercarse por aquel rincón. Asomarse en aquella cristalera que semanalmente violentaba para regocijarse con las aventuras de aquellos hombres y mujeres.








Una noche de especial amargura para Gorrión halló todo el valor para enfrentar sus dudas a su extraño benefactor.








-"Maestro bien sabeis que respetado os tengo y que vuestra gracia para conmigo no tiene limites desde que me recogisteis de la calle pero... esta será mi última noche con vos. En verdad no entiendo si nuestra tarea es honrada y no puede si no redundar en beneficio de todos aquellos infelices, porque la realizamos como vulgares rateros. Prestos de antifaz y escondidos en la noche"








-"Mi dulce y ya no tan niña Gorrión Moreno, en verdad que atinada os hallo cuando decís que no entendeis pues en ello se posa la raiz de la cuestión. En el poderoso y misterioso cognos. Ni aún con el doble de vuestra edad habría modo alguno en que yo acertara si quiera a esbozaros la complejidad que desentraña nuestra labor y el abismo que se abriría ante la ausencia de la misma. Pero baste deciros que si, como no puede escaparseme, amais a estas gentes continuareis junto amí extinguiendo esta llama que apura los minutos por consumirnos. Sin los remedios que diligentement ocultais a sus ojos, todos y cada uno de ellos caerían en el olvido, nunca fueron y nunca habrán de ser. Encadenados en las letras ajenas sus vidas serían como una huella en la arena junto al mar. Más aún, nosotros mismos seremos apènas unos minutos en el alma de quienes nos lean. Si no conseguimos alargar su sueño con mis remedios y que prevalezca esta fantasía el despertar de todos y cada uno de ellos a sus vidas reales nos los arrebatará para siempre mi preciosa niña."








Asustada e inconsolable, Gorrión cumple con su cita con la certeza de que el terrible momento que su Maestro le reveló aquella noche se halla cada vez más cercano.

CLAVEL DE INVIERNO

Clavel de Invierno


Estambre de alegría,

dulce perfume en recuerdos

férreo tallo de sentimientos,

inmensa flor de vida.


Que no fué si no el final,

tan remiso para tanto

madrugador para el llanto,

quien trajo nuestro principio.


Halo blanco de experiencia,

sonrisa que restaña el alma

estanque glauco saciando calma,

prologada y dura ausencia.


Que tus seis pétalos castados

abrazando tu contorno se hallan,

esforzados en tu amor afanan

en el sendero siempre hermanados.


Siendo ángel del Sur

nuestro clavel tardío de invierno,

aún dormida y suspirando en sueños

trajiste toda tu luz.

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