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Disclaimer:

Los personajes y lugares extraídos de obras literarias, cinematográficas o televisivas pertenecen a sus respectivos creadores. No pretendemos obtener lucro o beneficio alguno a través de su utilización en nuestras historias y relatos.

Los personajes y lugares fruto de nuestra imaginación, en cambio, sí nos pertenecen.

I fought in a war

Vuelvo al mundo literario con un breve fragmento inspirado en Band of Brothers, la serie de la HBO, y el libro del mismo nombre en que se encuentra basada.

Dedicado a la memoria de Eugene Roe y la de todos aquellos que lucharon y se sacrificaron por la libertad durante la SGM.

El título está inspirado en
esta canción de Belle and Sebastian.




Cerró los ojos tratando de ignorar el constante y molesto tic-tac procedente de algún lejano rincón de la casa. Quería dormir, lo necesitaba, pero sabía que sería difícil conciliar el sueño; desde hacía demasiado tiempo le resultaba imposible descansar en condiciones y ya empezaba a sentirse exhausto.

Comenzó entonces el ritual de cada noche. Dio media vuelta, primero hacia su izquierda, luego hacia su derecha. Después, ahuecó la almohada, se acurrucó un poco más entre las sábanas, hundió la cara en la suavidad del cojín y restregó la nariz contra la fina tela que lo envolvía. Olía tan bien. A limpio. A nuevo.

Sus ojos se abrieron de repente. ¿Cuántas veces a lo largo de los últimos meses se había visto privado de algo tan simple como la comodidad de una cama recién hecha? ¿Cuántas veces le había faltado la protección de cuatro paredes como aquellas? Ni siquiera se molestó en hacer la cuenta.

Muy a su pesar, empezó a rememorar las frías y largas noches en las que el cielo de Bélgica había sido su único techo, en las que la gélida nieve lo cubría todo con un duro y espeso manto blanco capaz de borrar cualquier huella, noches en las que, demasiado a menudo, la aparente calma que acompaña la oscuridad se veía rota por el rugido de las ametralladoras, el estruendo de las explosiones, las frenéticas carreras de los hombres que trataban de ponerse a salvo, los gritos de quienes no lograban escapar de aquella tormenta de sangre y fuego.

Se puso a recordar cómo, con el comienzo de cada día, se sentaba tiritando junto a Spina, hombro con hombro, tratando de conservar el escaso calor que emitían sus cuerpos, para comprobar cuánto material les quedaba. No necesitaban mucho tiempo para saber que apenas tenían nada con lo que curar una mísera herida, menos aún para salvar la vida de todos los soldados que dependían de ellos, por lo que, cada dos por tres, debían ir de pozo en pozo mendigando entre sus compañeros un poco de esparadrapo, alguna dosis de morfina, unas tijeras... Sólo Dios sabía cómo habían sido capaces de trabajar en unas condiciones tan extremas.

Volvió a darse la vuelta, se incorporó y echó las sábanas a un lado. No tenía sentido seguir intentando conciliar el sueño. Una vez que sus recuerdos echaban a andar, no había posibilidad de detener su avance.

Se levantó y, descalzo, encaminó sus pasos hacia el estrecho pasillo. Todo estaba en silencio, todo menos aquel dichoso reloj, marcando ruidosamente el paso inexorable del tiempo, como si quisiera burlarse de su cansancio.

Bajó las escaleras a tientas y se dirigió al patio. Cuando abrió la puerta, una ráfaga de aire le agitó los cabellos. Seguía siendo verano, pero los veranos en Inglaterra podían resultar fríos y húmedos, especialmente si el otoño se encontraba próximo. El viento traía olor a lluvia. Si no se equivocaba, dentro de un rato empezarían a caer las primeras gotas.

Eugene se sentó en el escalón y dirigió la vista al cielo. Entre las nubes, logró atisbar la forma redonda de la luna. La observó por unos instantes, no sin cierta fascinación, como si su brillo plateado pudiera devolverle un poco de la serenidad que la guerra se había empeñado en arrancarle de cuajo. Miles de estrellas la acompañaban en su periplo, emitiendo pequeños pulsos de luz que muy pronto fueron engullidos por los oscuros nimbos que anunciaban tormenta.

Rápidamente, el firmamento quedó cubierto por una gruesa capa gris. El hermoso espectáculo que venía contemplando, se había desvanecido en cuestión de segundos, sin que él pudiese hacer nada para remediarlo, igual que había ocurrido con las vidas de tantos y tantos hombres, compañeros y amigos que murieron en los campos de Normandía, en las llanuras de Holanda, en los fríos bosques de Bastogne, que no podrían disfrutar de un mundo sin guerra como el que él estaba teniendo la oportunidad de ver.

Como si de una película se tratase, los rostros de quienes ya no estaban comenzaron a desfilar ante sus ojos: el teniente Meehan, Muck, Penkala, Hoobler... Renée. Aún se estremecía pensando en ella, en aquellas manos manchadas de tanto trabajar, en los gestos de bondad que siempre tenía hacia él. Pero sobre todo recordaba el callado sufrimiento que sus ojos reflejaban y ambos compartían cuando la vida de un paciente se les escapaba entre los dedos. Había sido una excelente enfermera, una mejor persona y quien sabe si podría haberse convertido en una amiga especial, algo más que eso, incluso. La destrucción de la iglesia donde ella trabajaba le había arrebatado la oportunidad de comprobarlo.

De pronto, sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba cansado de luchar contra sí mismo, de mantenerse impasible en medio de tanta locura, harto de actuar ante los demás como si poco o nada hubiese pasado.

Había soportado los bombardeos de las tropas alemanas, las ráfagas de metralleta, las incursiones de sus tanques, todo tipo de ataques y maniobras. Había visto morir uno tras otro a hombres jóvenes, fuertes y robustos de las formas más dolorosas y crueles imaginables. Se había enfrentado a la visión de brazos y piernas amputadas, de la sangre manando a chorros y desparramándose sobre el suelo. Había escuchado día tras día los gritos de auxilio de sus compañeros tras recibir el impacto de una bala o de un mortero, los gritos de aquellos que ya no podrían pedir socorro. Y a pesar de todo había logrado sobreponerse a sus peores miedos, cumpliendo con su deber. ¿Qué otra cosa podía esperarse? Era un soldado.

Sin embargo, después de todo el infierno vivido, con la guerra concluida y su carrera militar terminada, sentía que era ahora cuando su mente se venía abajo. Necesitaba volver a la normalidad pero no sabía cuándo ni cómo podría conseguirlo.

Levantó el rostro y, con los ojos cerrados, comenzó a llorar en silencio, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas. Lloró por los muertos, lloró por los vivos y, sin saberlo, también lloró por él.

Conmovido, el cielo se unió a su dolor.






7 críticas:

Si el libro que andas terminando es la mitad de la mitad de hermoso e intenso que lo que aqui escribes no dudes en pasarmelo.
Glory for Eugene.
Asomarse a tus letras es acercarse para sentir escalofrios de vertigo ante un abismo de ingenio y talentos.
Gen Melin Princesa rohir.

25 de junio de 2009, 16:10  

joder, me ha dejado deprimido para toda la noche.

Eso sí, jamás le he dado una oportunidad a la serie, y mira que la han puesto bien. Y tampoco sabía que se basaba en libros. Aunque bueno era lógico...

2 de septiembre de 2009, 21:23  

No conocía la serie ni el libro, ahora sí, aunque me siento un poco desenganchado con el tema, como es de esperarse...

Saludos!

Ángel Poético

6 de septiembre de 2009, 0:55  

No me gustó.

Una idea simple sin mucho desarrollo, demasiada palabra sin sentido. Si hubieras narrado lo mismo con menos palabras, sacando todo lo innecesario, quizá hubieses tenido mejor resultado; un microcuento, quiero decir, de esos que dicen muy poco pero significan mucho, tu texto dice mucho y significa muy poco.

El mismo título desencaja, un médico no pelea en una guerra, literalmente, ahora, si tomamos como lucha el enfrentamiento con la muerte, podría lograrse algo, pero no desarrollas esa idea en el relato.

Un relato literario debe provocar algo al que lee, algunos dicen que debe provocar sentimientos y emociones, algún teórico literario dijo que debía provocar una sensación especial, mezcla de asombro y extrañeza. No podría decirte exactamente qué es, pero es ese algo que te maravilla, te desencaja y que por un instante te hace perder la noción del tiempo, del espacio y de ti mismo. Falta eso, pasé todo todo el relato esperando ese algo y no apareció.

Hay un autor de Minnesota (USA) que se llama Tim O'Brien y que tiene un libro llamado "Las cosas que llevaban los hombres que pelearon" ("The things they carried", en inglés), ahí hay un capítulo llamado "Cómo contar una auténtica historia de guerra", el que quizá te convendría revisar si te interesa la temática de la guerra en la literatura.

No hay mala intención en este comentario así que espero te sirva para mejorar.

Atte.

Marcelo

6 de septiembre de 2009, 23:35  

Hace mil años que ví esta serie y apenas recuerdo nada de ella pero disfruté leyendo tu historia.

23 de septiembre de 2009, 18:21  

buen texto, sigue escribiendo, dale duro..

8 de diciembre de 2009, 6:03  

No conozco la serie, pero tu texto me ha gustado mucho (a mi si me ha provocado ese "algo" que provocan los buenos relatos)

26 de enero de 2011, 10:19  

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