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Disclaimer:

Los personajes y lugares extraídos de obras literarias, cinematográficas o televisivas pertenecen a sus respectivos creadores. No pretendemos obtener lucro o beneficio alguno a través de su utilización en nuestras historias y relatos.

Los personajes y lugares fruto de nuestra imaginación, en cambio, sí nos pertenecen.

Hijos del árbol (II): Entre tinieblas


Cuando despertó, mareado y con el cuerpo entumecido por el frío inclemente de la noche, no sabía dónde se encontraba. Miró a su alrededor con la vana esperanza de atisbar algún rostro conocido, alguien a quien recurrir en aquellos momentos de incertidumbre, pero se descubrió en completa soledad.

Todo estaba en penumbra, envuelto por un etéreo manto gris de tristeza, y no había nada que le resultase mínimamente familiar. Aquél era un lugar yermo, gobernado por el más impenetrable de los silencios, repleto de árboles de aspecto siniestro y ramas retorcidas, con el suelo cubierto de arena negruzca e inquietantes criaturas observando el mundo con sus ojos burlones, siempre vigilantes, rojos como la sangre.

Aquellos no podían ser los verdes y frondosos bosques que su corazón tanto amaba. Había pasado años y años recorriendo todos los caminos y senderos de la hermosa tierra de Ithilien, descubriendo cada uno de sus recovecos, memorizando hasta los más insignificantes detalles, pero en aquel momento se sentía totalmente desorientado. No. Se negaba a creer que aquello por lo que habían luchado y muerto tantos hombres se hubiese convertido en aquel dantesco territorio de oscuridad infinita.

Frunció el ceño, con la mente llena de perplejidad y sospecha. ¿Acaso había sido atrapado por alguien y conducido inconsciente hasta allí? ¿Qué había sido de sus hombres? ¿Por qué no recordaba nada?

Al tratar de incorporarse, una molesta punzada le atravesó el hombro. Era un dolor intenso y desgarrador, algo que no había experimentado jamás y que le obligó a recostarse de nuevo. Tenía la angustiosa sensación de que su carne, sus huesos, hasta sus propias venas, estaban siendo consumidas lentamente por un fuego abrasador. Sin embargo, su piel mostraba un aspecto tan pálido y glacial como el de la propia luna.

Se llevó la mano al hombro y rozó con las yemas de sus dedos el foco de tanto sufrimiento. Fue entonces cuando se percató de que sus ropas estaban empapadas en sangre. Su sangre. Roja. Densa. Cálida.

Tomó la resolución de abandonar aquel lugar cuanto antes pues, solo y herido como se encontraba, era una presa fácil para cualquier partida de orcos o sureños que pudiese atravesar la zona. Con mucho esfuerzo, logró ponerse en pie y así inició su camino, a ciegas, con paso lento y dubitativo, deteniéndose de tanto en tanto para localizar cualquier indicio de vida en aquel vacío desolador.

Con su mano izquierda, trató de detener la abundante hemorragia, presionando la herida con firmeza, mientras que su mano derecha se aferraba a una pequeña daga que su hermano, su querido hermano, le había regalado años antes, cuando fue nombrado Capitán de los Montaraces de Ithilien. No era un arma especialmente dañina, pero era el único medio de defensa del que disponía en aquellos momentos. Su arco, sus flechas, su espada, todo había desaparecido. Como por arte de magia.

De pronto, creyó oir algo en la lejanía. Un sonido imperceptible, poco más que un murmullo. Se detuvo en seco, manteniendo la respiración. De nuevo pudo escucharlo. No, no se trataba del viento aullando entre las ramas. Era una voz, dulce y serena, susurrando su nombre, tratando de guiarlo entre las sombras.

Faramir...

Ya no sentía ningún miedo. Toda la angustia, todo el dolor, toda la desesperación, se habían disipado en el gélido aire nocturno.

Faramir...

Se dirigió hacia el rincón del que procedía aquel sonido hipnótico y contempló, estupefacto, un gran árbol blanco, luminoso y resplandeciente, que, rodeado de estrellas, se erguía orgulloso ante él.

Faramir...

Durante unos segundos, quedó cegado por el intenso brillo que desprendía aquella hermosa visión.

Cuando volvió a abrir los ojos, descubrió una mirada gris posada sobre su rostro, observando sus facciones con paternal preocupación. Entonces comprendió quién era el dueño de aquella voz, quién le había guiado hasta la luz.

Una sonrisa iluminó su cara. Él había sido su salvación. Aún había esperanza.

- Me has llamado, mi Señor. He venido. ¿Qué ordena mi rey?




4 críticas:

Ainsss antesd e la ley de los Hombres esta la Ley Natural; antes que un Rey está un Padre...
"Conozco sus artes y son escasas"
Gondor Victis, a pesar de su flaqueza.

12 de marzo de 2008, 17:52  

Un final casi féliz... a pesar del dolor... Me gusta tu blog ¡volveré!.Un saludo.Angela

12 de marzo de 2008, 18:18  

Me a gustado mucho, ese final, a sido muy bonito.

Besitos.

13 de marzo de 2008, 2:37  

Es preciosa la historia, a mi Faramir me despierta mucha ternura, por eso prefiero a su hermano Boromir, saludos desde la Casa de Rohan

16 de marzo de 2008, 18:45  

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